Destruir la democracia

En el día de ayer, el PSOE echó una palada más a nuestra moribunda democracia. Con su abstención, impidió que se tramitara la Iniciativa Legislativa Popular «No es mi cultura», presentada gracias a la recogida de más de 700.000 firmas. Es decir, no es que se opusiera a la ley en sí, sino que ni siquiera permitió que se debatiera, un auténtico insulto a esas 700.000 personas y muchísimos españoles y españolas más que no entienden cómo puede seguir existiendo la tauromaquia.

Una Iniciativa Legislativa Popular es un mecanismo de democracia directa amparado por nuestra Constitución, que permite que la ciudadanía proponga leyes sin necesidad de que sea a través de sus representantes en el Congreso (o los parlamentos autonómicos). O sea, una preciosa expresión de democracia participativa, que no anula, sino complementa a la democracia representativa.

Lo que ha hecho el PSOE (también PP, Vox y UPN, pero de esos no esperábamos nada) es pisotear nuestro sistema democrático y reirse de la ciudadanía. El mismo presidente que anunciaba pomposamente hace poco más de un año un «Plan de Acción por la Democracia», impide el ejercicio de la democracia directa. Muy edificante, luego nos lamentaremos de la tan manida desafección política…

En la década pasada, unos cuantos creímos (ingenuamente) que era posible regenerar nuestra democracia, que se podía superar un régimen bipartidista al que ya se le veían las costuras y que hacía tiempo que vivía alejado de la realidad, solo pendiente de alternarse en el poder y mantener sus privilegios. Ni Podemos ni Ciudadanos fueron capaces finalmente de convertirse en una alternativa real y afrontar esa regeneración. Los rescoldos que todavía quedamos, hemos perdido esa ambición, ya solo peleamos por sobrevivir y seguir siendo políticamente significativos.

Ante este panorama y el golpe de realidad de ayer, ¿qué podemos hacer? ¿Volver a intentarlo?, ¿buscar nuevas estrategias? Reconozco que a mí se me agotan las ideas y que cada vez pienso más en dirigir mis esfuerzos a impugnar el sistema en sí, en lugar de trabajar dentro de él. Y no es un calentón del momento, es algo que llevo pensando hace tiempo porque lo vivo en el día a día de mi trabajo.

Ayer fue un día durísimo. Lo compartí con muchos compañeros y compañeras animalistas que recogieron cientos de firmas y que dedicaron prácticamente su vida a ello durante unos meses. Gente maravillosa que pelea por el bien común desinteresadamente. La sensación de derrota fue inevitable, pero también la certeza de que, tarde o temprano, caerá la tauromaquia. Lo único que me hace feliz es haber podido compartir con ellas esta aventura y la seguridad de que nos levantaremos y seguiremos luchando juntas por los derechos de los animales.

Aceptar la realidad

«Lo que resistes, persiste; lo que aceptas, te transforma»

Carl Jung

Si algo llevamos mal en la política es aceptar la realidad. Parece incluso incompatible con ella, sinónimo de resignación. Y claro, uno no está en política para eso.

Así que, cuando la realidad te pone en tu sitio, el batacazo es morrocotudo. Este mismo año he vivido de cerca dos ejemplos de ello.

En mayo, en las elecciones locales y autonómicas en Madrid, nos encontramos con dos mayorías absolutas inapelables del PP, tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad. Si la de Ayuso podía esperarse (aunque no con un resultado tan estratosférico, por encima de mitos pasados de la derecha como Gallardón o Aguirre), la de Almeida no. Y nosotros, que nos habíamos pasado los quince días anteriores llamando presidenta y alcaldesa a nuestras candidatas, entre vítores, discursos enardecidos y música atronadora, nos quedamos con cara de tontos, por mucho que luego hiciéramos nuestros análisis positivos de los resultados, que también había motivos para ello.

El contraste entre la hipérbole continua que siempre son las campañas electorales y el resultado obtenido fue tan brutal, que la digestión se hizo y se sigue haciendo complicada. Aunque siempre nos queda recurrir a nuestra tradicional superioridad moral y apelar a lo incomprensible de que tantas personas confíen en Ayuso y Almeida, eso de que están equivocadas pero no se dan cuenta. Encima, tuvimos en esas elecciones el ejemplo extremo de este razonamiento cuando supimos que las vecinas y vecinos de San Fernando de Henares que han perdido sus casas por culpa de la nefasta construcción del Metro bajo ellas, ¡también votaron mayoritariamente a Ayuso! O sea, que deben ser poco menos que idiotas.

Pero como la vida a veces te da una de arena después de una de cal, pocos meses después, en las elecciones generales, las tornas cambiaron y la estupefacción pasó al otro bando. El PP y Vox daban por hecho que gobernarían en coalición, pero la enésima pirueta de Sánchez lo evitó por los pelos. Todavía recuerdo las caras desencajadas de sus apoderadas y apoderados en el colegio electoral donde estuve. Daban hasta pena.

El espectáculo patético de Feijóo los meses posteriores, intentando ser presidente cuando todo el mundo sabía que era imposible, haciéndose el digno, no podía provocar más que carcajadas. Fue un ejemplo insuperable de no aceptación de la realidad.

Aceptación no es resignación, es entender, de manera profunda, que la realidad no es como nos gustaría que fuera y que nuestra capacidad de influencia sobre ella es limitada. Por mucho que confiemos en nuestro trabajo, ningún partido político tiene control sobre lo que van a votar millones de personas, ni siquiera contando con el apoyo de los medios y de otros poderes fácticos.

En un panorama político tan voluble, sobrevivir es a veces la única opción posible. Quién sabe si nuestro legado será el de las personas que se mantuvieron ahí durante el auge de la ultraderecha, si pasaremos a la historia por eso, por mantener la llama encendida. Sería bonito que fuera así.

Sería como intentar nadar en un río a contracorriente, lo haces con todas tus fuerzas, pero no avanzas. Y, paradójicamente, lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar, usar tu cuerpo para guiarte hacia uno de los bordes del río. En vez de resistir la corriente, aprovechas su fuerza. Puede que así no alcances tu objetivo, pero al menos sigues vivo y puedes seguir persiguiéndolo.

Profesionales de la política

Febrero de 2019. El PSOE anuncia el nombre de su enésima apuesta para recuperar la alcaldía de Madrid, algo que no consigue desde hace 30 años y con una caída en picado de voto en los últimos 12 años (del casi 37% en las elecciones de 2003 a apenas el 15% en las de 2015). Se trata de Pepu Hernández, ex seleccionador nacional de baloncesto que se hizo especialmente popular cuando España ganó el mundial de 2006.

Nada podía fallar con una persona triunfadora, vinculada al segundo deporte más importante del país y especialmente a los éxitos de su selección nacional. Pensaron que sería el antídoto perfecto para frenar la sangría de votos socialistas hacia Ahora Madrid (2015) y Más Madrid (2019). El resultado fue, de nuevo, el peor en la historia del PSOE (no llegó al 14% de voto).

Tras algo más de dos años, Pepu Hernández dimitía y dejaba su acta de concejal. En esos dos años fue bastante evidente lo poco que le gustaba lo que hacía, se le notaba incómodo, apagado y nada recordaba a aquel líder de la selección nacional de baloncesto. Aún así, se puede vivir muy bien de portavoz de grupo municipal en la oposición ganando más de 100.000 euros brutos al año, así que la decisión que tomó le honra.

Pero más allá de las esperpénticas decisiones del PSOE a la hora de decidir las personas que encabezan las listas al Ayuntamiento de Madrid en las últimas citas electorales, creo que es interesante preguntarse si cualquier persona vale para ser político, si hay que tener cualidades específicas, si hay que prepararse (o no) para ello.

Muchos de los que estamos en política no hemos estudiado ni nos hemos preparado específicamente para ello, muchos ni siquiera hemos estado en organizaciones políticas la mayor parte de nuestras vidas y sin embargo, acabamos en ella. Venimos de la «sociedad civil» pero acabamos convertidos en ¿profesionales de la política?

Si mi yo de 2011 leyera esto de «profesionales de la política»…

Uno de las consignas más repetidas en el 15M era que había que echar a esa élite política acomodada, alejada de la realidad de la gente, a esos aprovechados que no conocían otro oficio y se apoltronaban en su cargo con la única finalidad de mantenerse en él el mayor tiempo posible o, si las cosas venían mal dadas, buscarse otro maniobrando en los aparatos de los viejos partidos. A día de hoy esto todavía se escucha a diario, basta mirar los comentarios a entradas de políticos en cualquier red social o los datos del CIS, donde a finales de 2019 casi el 50% de las personas encuestadas situaban a la política y a los políticos como una de sus principales preocupaciones. Tanto asustó este dato, que a partir de 2020 el CIS dejó de preguntar directamente por la política y los políticos, diluyendo el asunto en tres preguntas no tan directas…

Pienso que hay que ser profesional en cualquier actividad a la que te dediques en la vida, aunque no te hayas preparado para ello. Eso implica aprender (hayas estudiado algo relacionado o no), esforzarte, dedicarle tiempo y ponerle pasión. Creo que puedo afirmar, sin ser presuntuoso, que ahora soy mucho mejor profesional de la política que cuando llegué en 2015, que soy mucho más útil a la sociedad y a mi partido ahora que entonces. Y que puedo seguir mejorando.

Pero la política no es una carrera profesional cualquiera, la política está brutalmente marcada por las citas electorales. Cada cuatro años (a veces menos) todo salta por los aires para volver a reconstruirse. Si te dedicas a ello, el que sigas o no depende de tu partido y de los votos de la ciudadanía, no tanto de tu valía profesional o de tu rendimiento. Pocas profesiones tienen una volatilidad tan alta y te hacen perder tanto el control sobre tu futuro como la política.

Contra lo que pueda parecer y aún reconociendo que tenemos unas condiciones laborales privilegiadas, el riesgo personal y profesional que asumimos es elevado. Tienes que aceptar que dedicarte a la política supone estar siempre a pocas semanas de acabar en la cola del paro. Y cuando se acercan las elecciones, más.

Inevitablemente, los ciclos electorales de cuatro años te obligan a replantearte tu futuro. ¿Quiero seguir?, ¿quiero comprometerme cuatro años más?, ¿querrán seguir contando conmigo?, ¿tendremos suficientes votos?, ¿podré volver después a mi anterior actividad profesional?

Hoy por hoy quiero seguir y mi partido cuenta conmigo. Quiero seguir siendo un buen profesional de la política y seguir mejorando. Pero van a ser ya ocho años, a los que se podrían añadir otros cuatro. ¿Demasiado?, ¿acabaré formando parte de esa élite política acomodada a la que tanto critiqué?, ¿estaré cerrando el paso a otras personas con más ilusión?, ¿podré reinventarme profesionalmente después de tanto tiempo?, ¿quedaré marcado por mi paso por la política?

No tengo una respuesta clara, creo que las fuerzas políticas tienen que conseguir un equilibrio entre contar con personas experimentadas e incorporar sangre fresca, que es lo que les permite tener solidez pero también innovar y seguir conectadas con la realidad. Y creo que ahora mismo formo parte de ese grupo experimentado que está dando lo mejor de sí mismo, pero también quiero seguir manteniendo los pies en la tierra, recordarme todos los días que esto puede acabar en cualquier momento, que está siendo una experiencia alucinante pero que algún día pueden no querer seguir contando conmigo o puede que pierda la ilusión o, tal vez, puede que encuentre otros retos que me apasionen más.

He perdido el miedo (y la vergüenza) a decir que me dedico a la política, que soy un profesional de ella, hasta lo digo con orgullo, pero lo que nunca me gustaría es acabar arrastrándome en ella.

La vida de concejal

«En los lugares altos caen más rayos»
Séneca

Hace ya casi un año que soy concejal del Ayuntamiento de Madrid. Y aquí sigo, vivito y coleando, echando por tierra los peores augurios que algunos cernieron sobre mí (otros no, todo hay que decirlo). Así que es un tiempo más que suficiente para hacer balance de lo que han sido estos meses.

Lo primerísimo sucedió el mismo 22 de febrero de 2022, día en el que tomé posesión del cargo. Por la mañana entré en el Palacio de Cibeles como un mortal más y salí por la tarde como concejal. ¿Algún cambio significativo? Pues sí. Por la mañana todo el mundo me saludaba cordialmente pero por la tarde ya me dijeron por primera vez eso de «buenas tardes señor concejal». Así son las cosas y así funciona la administración, te conviertes en cargo público y el trato es automáticamente diferente, algo que tiene su sentido porque pasas a ser representante de muchos miles de personas que han votado a nuestro partido, pero que también tiene algo de ese agasajo excesivo que no es una buena compañía en política.

También ese mismo día me explicaron algunas cuestiones sobre mi seguridad personal y los medios que pone el Ayuntamiento de Madrid para ello. No es que vivamos tiempos especialmente convulsos en este aspecto, en comparación con épocas relativamente recientes de nuestra historia, pero es algo que te impresiona un poco y te coloca rápidamente en tu nueva vida.

Otro cambio inmediato de trato es el que se produce en el día a día. Los que hasta hace unas horas eran compañeros y compañeras de trabajo, pasaron a ser de repente personal «a mi servicio». Vamos, que pasé de la noche a la mañana de asesorar a que me asesoren. El caso es que todavía a día de hoy me descubro a veces comportándome como asesor…

El cambio más obvio es el paso de un segundo a un primer plano. Por definición, trabajar como asesor de un cargo público es ser esa persona que susurra al oído, que prepara informes, intervenciones, que hace gestiones… pero casi siempre sin ningún protagonismo. Ahora no, ahora tengo que defender públicamente las posiciones de Más Madrid en múltiples ámbitos, desde los más impactantes, como los plenos, a otros como las comisiones permanentes, actos públicos, declaraciones o entrevistas con medios, etc. Y enfrentarme en el cuerpo a cuerpo a rivales políticos con mucha más experiencia que yo, algo que, reconozco, impresiona un poco, sobre todo al principio.

Y dentro de ese paso al primer plano, mención especial para el sinfín de actos institucionales a los que tienes que ir o te invitan. Algunos hasta pueden resultar interesantes, pero lo que no cabe duda es que es uno de los cambios más significativos de pasar a ser concejal porque la agenda ya no te la organizas tú sino que, en buena medida, te viene dada, algo que te condiciona para hacer el resto de tareas y organizar tu vida personal y familiar. También da para un montón de anécdotas, porque no todos los días se recibe una invitación del Papa Francisco…

Otra cosa que produce respeto es la nueva relación con los medios de comunicación. No es que me haya convertido en una persona muy conocida ni relevante para ellos, pero poco a poco sí vas notando que te prestan más atención y que tienes que estar más alerta. Afortunadamente, en nuestro Grupo Municipal contamos con un magnífico equipo de comunicación que siempre está ahí para ayudarnos y, con los meses, ya no solo piensas en «protegerte» sino en trabajar esa relación para sacarle provecho. Aún así, ya he tenido que pasar por el trance de salir en la portada de un medio nacional donde manipularon sin pudor unos mensajes de chat míos para que la noticia les funcionara. O sea, que ya me ha dado tiempo a conocer el oscurísimo mundo del periodismo basura.

Y por último… el salseo. ¿Cómo es la relación con los concejales y concejalas del resto de partidos?

En primer lugar, algo importante: en el Ayuntamiento de Madrid solo somos 57 concejales y concejalas. Es decir, bastante pocos en comparación con la Asamblea de Madrid (136 diputados/as) o el Congreso (349 diputados/as). Ese número hace que nos acabemos conociendo y teniendo roce más allá de los plenos. Nos encontramos habitualmente y, claro, acabas hablando del tiempo o de lo que sea. Se podría decir incluso que se acaban convirtiendo en unos extraños compañeros y compañeras de trabajo, independientemente de las diferencias ideológicas que haya.

De los concejales y concejalas del PP diría que, ante todo, se consideran «los dueños del cortijo», que el Ayuntamiento de Madrid es suyo, que la legislatura 2015-2019 fue un accidente y que todo ha vuelto a la normalidad. Por eso muchas veces te miran por encima del hombro y te tratan con condescendencia, pese a que algunos llevamos ya unos cuantos años en el Ayuntamiento. Pero por otra parte, también suelen ser siempre correctos y respetuosos con los procedimientos institucionales y en lo personal. Con casi ninguno me tomaría una caña…

El Grupo Municipal de Ciudadanos es bastante difícil de entender. Hay de todo y son un buen reflejo de por qué es un partido prácticamente desaparecido. No tienen la experiencia ni el «saber estar» del PP y se mueven en un magma ideológico bastante indigesto e incomprensible. Más allá de eso, sí que hay personajes interesantes con los que no me importaría tomarme una caña.

El PSOE es un grupo triste, venido muy a menos en Madrid, fracaso electoral tras fracaso electoral. Son nuestros aliados naturales y la relación, en líneas generales, es buena, pero les falta carisma y entusiasmo. Eso sí, brilla con luz propia Enma López, que debería ser su apuesta de futuro para la ciudad. Con ella ya me tomado algunas cañas y también con alguno más.

Y queda… Vox. La ultraderecha en las instituciones que nos ha tocado vivir. Inevitablemente te acabas acostumbrando a su presencia y a su discurso, aunque la mayoría de las veces me resulta repugnante. Pero detrás, como no, hay personas, algunas secas como Javier Ortega, más afables como Pedro Fernández o señores «de toda la vida» y de vuelta de todo como Fernando Martínez. Tanto como para tomar cañas… no.

Foto: David Arenal

Política y estoicismo

Desde hace poco más de un mes soy concejal del Ayuntamiento de Madrid, algo que debería ver como una cierta culminación de mi trayectoria política, pero que el estoicismo me está ayudando a intentar poner en su sitio. Sí, el estoicismo, una filosofía de más de 2.000 años de antigüedad, pero increíblemente actual y adaptada a los retos de nuestro tiempo.

¿Y cómo me he topado con el estoicismo?

Todo empezó el 5 de mayo de 2021. Me levanté temprano, con esa especie de resaca ya conocida de los días posteriores a las citas electorales. Haya salido bien o mal la cosa, las jornadas electorales son agotadoras y al día siguiente se te viene encima todo el cansancio de ese día y de todas las semanas anteriores de campaña electoral.

Ese 5 de mayo de 2021 me levanté especialmente hundido. La inapelable victoria de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones autonómicas me estaba haciendo replantearme si tenía sentido seguir en esto de la política. Sin embargo, las primeras personas que me crucé ese día (ajenas al mundo político), no pararon de felicitarme por el resultado electoral: Más Madrid había conseguido superar al PSOE y se convertía en la primera fuerza de la oposición al PP y en la referencia, la esperanza del votante progresista, algo que ni el mejor Podemos consiguió. Pero no me consolaba.

Unos días después escuché el episodio dedicado al estoicismo de Kaizen, el podcast de Jaime Rodríguez de Santiago. Podría haber sido uno más, pero Jaime sintetizó muy bien qué es eso del estoicismo y me picó la curiosidad, intuí que había algo interesante en el estoicismo para aplicar a mi vida (y, por tanto, a la política).

Así que me puse a buscar artículos, leer libros o escuchar podcasts específicos como el excelente El Estoico.

Y es de esas cosas que pronto te das cuenta de que te van a calar, que van a marcar un antes y un después en tu vida. Para empezar, ese consuelo que necesitaba en aquellos momentos, ese encontrar de nuevo sentido a la política.

Porque algunas de las principales ideas del estoicismo me funcionaron desde el primer momento:

  • La dicotomía del control. Es decir, centrarse en aquello en lo que tengas capacidad de influir, que dependa directamente de ti, olvidando lo que está fuera de tu control, por muy duro que sea. ¿Está en mi mano influir en el resultado de las elecciones? Obviamente no, lo cual no quiere decir que no tenga sentido dedicarse a la política y trabajar para ganar elecciones. Simplemente tengo que hacerlo lo mejor posible, dar todo lo que pueda dar de mí para conseguirlo. Pero el resultado final no está bajo mi control.
  • «Amor fati». Ama el destino, ama la realidad, no te pelees contra ella. Lo que nos pasa no es bueno ni malo, es simplemente la realidad. Y lo que convierte esa realidad en buena o mala es cómo la percibimos. Por eso, un mismo hecho puede vivirse de una forma muy diferente según cada persona. Y la aceptación digamos que no tiene buena fama en mi mundo político (porque vinimos a cambiar las cosas, no lo olvidemos…), más bien se traduce como resignación, pero a mí el ser capaz de aceptar la realidad me parece algo imprescindible, revolucionario y garantía de proyectos políticos que no sean efímeros sino de largo recorrido. El obstáculo es el camino, como titula uno de sus libros Ryan Holiday. Y por cierto, la película Nomadland, que también vi en aquellos días, es un bellísimo ejemplo de aceptación.

Otras ideas del estoicismo me están ayudando especialmente ahora que soy concejal, por ejemplo «memento mori», es decir tener siempre presente que eres mortal, que vas a morir como todo el mundo, que eres uno más. La catarata de felicitaciones (también algún pésame) que he recibido desde que soy concejal no son fáciles de manejar, como tampoco lo es el cambio en la relación con mi entorno más cercano, desde los cambios más sutiles con los compañeros y compañeras de Más Madrid, hasta el «buenos días señor concejal» de los funcionarios y funcionarias del ayuntamiento. Cuando los generales romanos regresaban victoriosos y desfilaban por las calles de Roma, un siervo les acompañaba diciéndoles continuamente «memento mori». Yo le he pedido a personas de confianza que hagan lo mismo conmigo…

La potencia y la practicidad del estoicismo son impresionantes, he empezado a recorrer un camino que nunca terminará y que ya ha cambiado mi vida sin vuelta atrás. Practicar el estoicismo es tan simple, pero a la vez tan complejo, como intentar llevar una buena vida, pero una buena vida guiada por virtudes como la sabiduría, la justicia, el coraje y la templanza. Y eso tiene mucho que ver con el sentido final de la política, con la búsqueda del bien común.

Foto: David Arenal

Canciones hacia el fin de una especie

Tomo prestado el título de uno de los discos de mis amigos PAL (que, por cierto, suena muy muy actual, pese a los 14 años ya…) para dejar por aquí las dos «Corona Sesiones» que preparé para el programa El Telescopio. Una idea estupenda de Jorge Obón, que nos hizo más llevadero a muchos el confinamiento. 58 sesiones variadísimas en las que invitó a un puñado de personas a expresar a través de canciones cómo se encontraban y lo que querían transmitir en esos momentos.

Tuve el placer de hacer dos, en una especie de Ying Yang sónico. La primera arisca, rabiosa, extrema; la segunda relajada, tranquila, ambiental.

Música para atravesar esos meses que, ahora, aunque todo parezca ir mejor, creo que sigue cumpliendo su función «sanadora». Y, por si acaso, ahí quedan para el futuro…

Se pueden escuchar los dos programas (con conversación previa entre los dos), aquí y aquí. Si quieres escuchar solamente las sesiones, dale al play en los reproductores.

Napalm Death – You Suffer
La Débil – Ten cuidado
Aphex Twin – Come To Daddy (Pappy Mix)
Blanck Mass – Death Drop
Deafheaven – Honeycomb
Sunn O))) – Aghartha
Fuck Buttons – Bright Tomorrow
Nine Inch Nails – 24 Ghosts III
HEALTH – Triceratops
Crystal Castles – Baptism
Triángulo de Amor Bizarro – Robo tu tiempo
Mogwai – Summer (Priority Version)
The Telescopes – In Every Sense
Sparklehorse – It’s A Wonderful Life

Sigur Rós – Svefn-g-englar
Julianna Barwick – Evening
Jon Hopkins – Feel First Life
Max Richter – Path 19 (yet frailest)
Harmonia & Eno – Welcome
Roedelius – Le jardin
Nils Frahm – You
The Album Leaf – The Light
Pantha Du Prince – The Winter Hymn (Ambient Version)
Loscil – Pollen
Hammock – Afraid To Forget
Brian Eno – Fickle Sun (iii) I’m Set Free

Ayuso Horror Picture Show

Sólo hay una cosa que un político o política no se puede permitir cuando tiene responsabilidades de gobierno: provocar miedo.

Es algo que va más allá de las ideologías, algo más primario, más relacionado con la pura y dura supervivencia. Similar a cuando vas en un coche y no te fías de la persona que lo conduce.

Y es que, como en la famosa Pirámide de Maslow, hay jerarquías. Y más en la situación en la que nos encontramos. Ahora primamos la seguridad, las necesidades básicas, nos refugiamos en la familia y dejamos a un lado otras cuestiones que temporalmente no vemos tan importantes, como la afiliación política de nuestros gobernantes.

Personas como José Luis Martínez Almeida (indistinguible ideológicamente de Ayuso) o Rita Maestre sí han sabido conectar en estos momentos con la ciudadanía, que demandamos, más que nunca, responsabilidad y estar a la altura, por encima de las etiquetas políticas.

Y no es sólo cuestión de competencia. Ayuso nunca me ha parecido tonta o poco capacitada, como dice mucha gente, creo que es algo mucho peor, es la mejor representante del populismo «trumpista» en nuestro país. La heredera de la inefable Esperanza Aguirre.

Los azares políticos por los que una persona acaba siendo candidata y presidenta de una Comunidad Autónoma no garantizan, en absoluto, que sea una persona bien preparada para ello. Sobran los ejemplos y hay que aceptarlo como una imperfección de la democracia que no sé si tiene solución. Pero ante esto, todo responsable político tiene un as en la manga fundamental: rodearse de los y las mejores. Cuando se gobierna, hay un buen puñado de puestos clave que son de libre designación, no sólo los propios miembros del gobierno. Del acierto o no en su elección va a depender en buena parte el éxito o el fracaso de esa labor de gobierno.

¿Qué perfiles son necesarios?:

  1. Personas especializadas en las áreas más importantes de gobierno, a ser posible con experiencia en la administración, que sean afines políticamente, competentes y motivadas ante el reto. No hablo sólo de asesores y asesoras, sino de funcionarios y funcionarias con responsabilidades directivas.
  2. Personas que no digan lo que se quiere escuchar, sino lo que se necesita escuchar. No es fácil encontrar a personas que cumplan los requisitos del primer punto, pero es aún más difícil encontrar a las que cumplan este. El respeto mal entendido y la adulación son algunos de los peligros más grandes a los que se enfrenta toda persona con responsabilidades de gobierno.

Pues bien, en el caso de Ayuso, no da la impresión de que se cumplan ninguno de los dos puntos. Baste el ejemplo de que su jefe de gabinete sea Miguel Ángel Rodríguez, uno de los personajes más deplorables del aznarismo y de la política española en general, o que en plena pandemia, con la Comunidad de Madrid en la peor situación sanitaria de todo el país, dimita su Directora General de Salud Pública (que da toda la impresión de cumplir sobradamente los requisitos a los que me refería) con una demoledora carta que debería haber sido motivo suficiente para la dimisión también de Ayuso.

Y así seguimos. Son momentos de miradas tristes, crispadas, temerosas… Por eso necesitamos, no tanto identificarnos políticamente con nuestros gobernantes, sino que éstos lideren transmitiendo confianza y seguridad.

La nueva normalidad

Tal vez la vida normal no era la de antes… Y nos hemos dado cuenta ahora.

Tener todo cuanto quisiéramos y cuando quisiéramos. Irnos un fin de semana a Nueva York como el que se va al pueblo, comprar un televisor nuevo desde casa y recibirlo en una hora, emborracharnos de actividades culturales, de vida social, hasta necesitar mirar la agenda para quedar con los amigos…

Nuestro mundo sólo funcionaba manteniendo una enloquecida huida hacia adelante. A imagen y semejanza del capitalismo, Dios y Señor nuestro, que sólo creciendo y creciendo, es capaz de sobrevivir. Como la canción de Daft Punk: «Harder, Better, Faster, Stronger».

Ahora nos hemos parado casi en seco y se le han visto todas las costuras a nuestra civilización. Y a todos nosotros, insignificantes, ridículos… Nos creíamos los amos omnipotentes del mundo y ahora estamos escondidos y acobardados en nuestras casas. Aplaudiendo, eso sí, casi como si fuera nuestro último estertor.

Pensábamos que todo nuestro montaje era indestructible, pero no, más bien era un decorado de cartón piedra. En pocos días, muchos animales han recuperado el espacio perdido entre toneladas de hormigón, la contaminación se ha esfumado y, como cuenta Alan Weisman en «El mundo sin nosotros», si nos acabáramos extinguiendo, en pocos meses apenas quedaría rastro de nuestra especie y la naturaleza continuaría haciendo su inexorable trabajo hasta acabar por borrar todo vestigio del Homo Sapiens. Como si no hubiéramos pasado por el planeta.

Una auténtica cura de humildad de la que no sabemos bien ni cuándo ni cómo saldremos. O quizás nunca lo hagamos y se convierta en la nueva normalidad…

Tal vez nos estemos equivocando de nuevo. Lo ha resumido muy bien Devi Sridhar, de la Universidad de Edimburgo: «Todo el mundo quiere saber cuándo va a terminar esto. Ésa no es la pregunta correcta. La pregunta correcta es, ¿cómo seguimos adelante?».

¿Sirve para algo la política?

El hartazgo de los españoles y las españolas con la política (y las personas que estamos en ella) ha alcanzado su máximo histórico a principios de 2020. Muy por encima del otro pico reciente, el de 2012-2013, en plena crisis económica y en plena efervescencia de la impugnación al sistema del 15M.

Solo han pasado poco más de ocho años desde la toma de las plazas, seis desde la aparición de Podemos y cuatro desde la llegada de los ayuntamientos del cambio. Entonces, ¿todo esto ha valido para algo o al final nos hemos quedado en más de lo mismo? O lo que es peor, ¿no será que muchas personas que habían confiado en nosotros y en nosotras, en la «nueva política», han quedado decepcionadas en pocos años?

Pues bien, voy a intentar aportar algo de optimismo al asunto, a raíz de lo que ha sucedido hace unos días con la constitución de los Foros Locales de la ciudad de Madrid para la legislatura 2019-2023.

Los Foros Locales se crearon en 2017 para sustituir a los vetustos e inútiles consejos territoriales del PP, que habían fracasado rotundamente como vía para canalizar la participación ciudadana. Rápidamente se nos acusó de montar una farsa, de crearlos solo para hacer valer nuestras ideas, de ser una vía para colocar «a los nuestros» e incluso de querer reemplazar con ellos a los legítimos representantes políticos.

No sin dificultades, los Foros Locales echaron a andar y el balance de ellos en esa primera legislatura fue positivo. Con el cambio de gobierno nos temimos lo peor, pero, a regañadientes, acabaron por confirmar que se constituirían, cosa que hicieron (fuera de plazo, eso sí) a primeros de este año. Y la sorpresa ha sido mayúscula (incluso para nosotros), ya que ha habido una asistencia masiva a esas sesiones de constitución.

¿Qué puede significar esto? Para mí, que la gente ha hecho suyos los Foros Locales y que los quiere defender. Por encima de ideologías, por encima de partidos, al margen de que fuera el gobierno de Ahora Madrid el que los pusiera en marcha.

Si se nos había pasado por la cabeza (ahora como Más Madrid) utilizar los Foros Locales para nuestros intereses, ya nos ha quedado claro que no nos lo van a permitir. Tanto es así, que ya ni siquiera se puede acusar de «rojos» a estos espacios de participación, ya que candidaturas de orientación ideológica conservadora han conseguido la vicepresidencia en varios distritos (la presidencia es siempre del concejal/a presidente de cada distrito). Es decir, que hasta los que atacaban a los Foros Locales han acabado dándose cuenta de que igual no eran tan mala idea y que tal vez sean una buena herramienta para defender sus intereses. Por tanto, los han acabado legitimando.

Me parece un buen ejemplo de para qué sirve la política y por qué me sigue mereciendo la pena seguir dedicándome a ella (y no avergonzarme, a la vista de su valoración en las encuestas…). Uno cuando se mete en esto lo hace para cambiar las cosas (cambiar el mundo, en última instancia). En este caso, mejorando mi ciudad, más allá de los vaivenes políticos, siendo capaz de contribuir a conseguir cambios que se conviertan en permanentes, que trasciendan a ideologías y a partidos (como ha acabado sucediendo con el divorcio, con el aborto, con la ley antitabaco, con el matrimonio igualitario…). Lo que Íñigo Errejón llama «irreversibilidad relativa»:

«Llevo tiempo pensando la idea de una irreversibilidad relativa, es decir, que los cambios que los gobiernos progresistas pueden llevar a cabo puedan también sobrevivirles a ellos, que esos cambios sedimenten en su sociedad. Me lo imagino, sobre todo, en cambios que son capaces de producir otra antropología, otra relación con los demás, con lo público y lo privado. ¿Cuánta capacidad le concedes a las instituciones, a un Gobierno, para producir desde arriba condiciones institucionales que abajo generen otros comportamientos? Porque las leyes pueden cambiarse, sin duda, viene un gobierno y te las transforma, pero las formas de relacionarse con el espacio público, entre nosotros, no se transforman en ese mismo momento»

Íñigo Errejón y Álvaro García Linera – Qué horizonte (Lengua de Trapo, 2020)

Así que, aunque se gobierne poco tiempo, se pueden lograr cambios que permanezcan en el tiempo. Para ello es imprescindible captar esas demandas de la ciudadanía, esos consensos subyacentes y transformarlos en políticas concretas, en medidas y herramientas que les den soporte. En este caso, la demanda era clara: los ciudadanos y ciudadanas madrileñas querían participar e influir en las políticas que lleva a cabo el gobierno de su ciudad, más allá de votar cada cuatro años. Algo, por cierto, muy del 15M…

Elogio de la rutina

1 de septiembre, la fecha del horror para muchos españolitos y españolitas (bueno, este año cae en domingo, así que se pospone al día 2 o, en el mejor de los casos, al comienzo de los colegios, una semana después).

La vuelta, para la mayoría, a la rutina, a la normalidad, a lo ordinario, después de «lo extraordinario», de las vacaciones.

En mi caso, relativamente, sigo trabajando en el Ayuntamiento, en el grupo municipal de Más Madrid, pero en la oposición, después de los resultados electorales del 26 de mayo y el nuevo gobierno de PP y Ciudadanos, con el desvergonzado apoyo de la ultraderecha.

Así son las cosas en este mundillo, cuando pase un poco más de tiempo escribiré sobre las elecciones y los resultados, todavía es pronto para mí (y creo que para casi todos en Más Madrid), teníamos confianza en revalidar el gobierno y el golpe ha sido duro.

¿Por qué escribir sobre la rutina en este blog de política? Porque este verano he leído «¿Qué hacer en caso de incendio?«, de Héctor Tejero y Enrique Santiago. Un libro interesantísimo, que me ha hecho pensar mucho sobre lo insostenible de nuestra vida y de nuestro modelo de felicidad.

El libro plantea que el Green New Deal (término acuñado por Alexandria Ocasio-Cortez, una de las grandes esperanzas de la política mundial) debe ser uno de los ejes de cualquier propuesta política progresista en la actualidad. Es decir, que el ecologismo ya no puede ser un elemento político más, sino el centro, porque estamos ya en la tesitura, nada más y nada menos, de salvar a nuestro planeta y a nuestra especie. Algo que se va a convertir en el gran impulsor político, junto con el feminismo, de nuestro tiempo, de la mano de unas nuevas generaciones que no van a permitir que sigamos caminando (más bien, corriendo) hacia el desastre.

En el diagnóstico, el libro no descubre nada nuevo, pero sí lo hace con mucha crudeza: el problema de base es el capitalismo. Un modelo que se basa en el crecimiento continuo es necesariamente devorador e insostenible, sin necesidad de entrar en más detalles.

Pero el problema es que el capitalismo ha acabado configurando nuestro modelo cultural, de vida, de felicidad. Ha normalizado que, por ejemplo, podamos pasar un fin de semana en Berlín como el que se va al pueblo. Asequible para muchos, pero ultra contaminante, destructivo y potenciador de ese turismo indeseable del que tanto nos quejamos.

Decrecer es la única opción viable para salvarnos. Así de duro. Pero, ¿cómo convencer a los que vivimos acomodadamente de que hay que renunciar a parte de nuestro estatus?, peor aún, ¿cómo les explicamos a las personas que viven en la precariedad que ya no van a poder aspirar a llevar la vida soñada, igual que lo hicieron otros? y, por último, ¿cómo lograr que un partido político aspire a ser mayoritario con un planteamiento tan impopular?

Sigo dándole vueltas, pero por el momento, me refugio en lo íntimo, en aprender a disfrutar de lo ordinario, de las pequeñas cosas que nos pasan desapercibidas, en no basar la vida en la permanente espera de lo extraordinario, en la búsqueda de la última experiencia, de lo más epatante. Porque, al fin y al cabo, gran parte de lo que nosotros consideramos normal, rutinario, no deja de ser extraordinario a escala planetaria.

Una de las cosas que me lo facilita es la práctica del Ashtanga Yoga y de la meditación. El Ashtanga Yoga, a diferencia de otros yogas, se basa en la repetición de una rutina de posturas, sin la guía continua del profesor. Es una práctica que facilita la conexión con uno mismo, además de un extraordinario bienestar físico y mental. Y por las noches, meditar un ratito, tener ese rato de sosiego, de silencio entre tanto ruido externo e interno.

Y la música, claro. Unos locos alemanes (Can, Neu!, Kraftwerk…) crearon un estilo (el Krautrock) y un patrón rítmico llamado Motorik, basado en la repetición. Minutos y minutos sin apenas cambios hasta conseguir una especie de trance que también me ayuda en estos tiempos.

Por último… Brian Eno. Cada vez escucho más sus discos de Ambient. Esa música pensada para acompañar, no para escuchar atentamente, incluso para dormir. La belleza de lo simple, de lo tenue, de lo discreto, de lo tranquilo, de lo sutil…

Con todo ello, espero poder disfrutar de este 1 de septiembre y de la vuelta a la rutina…