En el día de ayer, el PSOE echó una palada más a nuestra moribunda democracia. Con su abstención, impidió que se tramitara la Iniciativa Legislativa Popular «No es mi cultura», presentada gracias a la recogida de más de 700.000 firmas. Es decir, no es que se opusiera a la ley en sí, sino que ni siquiera permitió que se debatiera, un auténtico insulto a esas 700.000 personas y muchísimos españoles y españolas más que no entienden cómo puede seguir existiendo la tauromaquia.
Una Iniciativa Legislativa Popular es un mecanismo de democracia directa amparado por nuestra Constitución, que permite que la ciudadanía proponga leyes sin necesidad de que sea a través de sus representantes en el Congreso (o los parlamentos autonómicos). O sea, una preciosa expresión de democracia participativa, que no anula, sino complementa a la democracia representativa.
Lo que ha hecho el PSOE (también PP, Vox y UPN, pero de esos no esperábamos nada) es pisotear nuestro sistema democrático y reirse de la ciudadanía. El mismo presidente que anunciaba pomposamente hace poco más de un año un «Plan de Acción por la Democracia», impide el ejercicio de la democracia directa. Muy edificante, luego nos lamentaremos de la tan manida desafección política…
En la década pasada, unos cuantos creímos (ingenuamente) que era posible regenerar nuestra democracia, que se podía superar un régimen bipartidista al que ya se le veían las costuras y que hacía tiempo que vivía alejado de la realidad, solo pendiente de alternarse en el poder y mantener sus privilegios. Ni Podemos ni Ciudadanos fueron capaces finalmente de convertirse en una alternativa real y afrontar esa regeneración. Los rescoldos que todavía quedamos, hemos perdido esa ambición, ya solo peleamos por sobrevivir y seguir siendo políticamente significativos.
Ante este panorama y el golpe de realidad de ayer, ¿qué podemos hacer? ¿Volver a intentarlo?, ¿buscar nuevas estrategias? Reconozco que a mí se me agotan las ideas y que cada vez pienso más en dirigir mis esfuerzos a impugnar el sistema en sí, en lugar de trabajar dentro de él. Y no es un calentón del momento, es algo que llevo pensando hace tiempo porque lo vivo en el día a día de mi trabajo.
Ayer fue un día durísimo. Lo compartí con muchos compañeros y compañeras animalistas que recogieron cientos de firmas y que dedicaron prácticamente su vida a ello durante unos meses. Gente maravillosa que pelea por el bien común desinteresadamente. La sensación de derrota fue inevitable, pero también la certeza de que, tarde o temprano, caerá la tauromaquia. Lo único que me hace feliz es haber podido compartir con ellas esta aventura y la seguridad de que nos levantaremos y seguiremos luchando juntas por los derechos de los animales.
